Gota y la cometa perdida
Una tarde de viento, la cometa de Gota se escapó volando por encima de los tejados. Gota se quedó mirando el cielo vacío y sintió que algo pesaba mucho dentro de ella.
—No quiero jugar a nada —dijo, y se sentó sola en un banco del parque.
Entonces llegó Mimo, que no dijo nada. Solo se sentó a su lado. Al rato, Gota empezó a llorar, y Mimo le dio un abrazo blandito.
—Echo de menos mi cometa. Era la que hicimos con el abuelo.
—Claro que la echas de menos —dijo Mimo—. Eso es porque la querías mucho.
Cuando las lágrimas pararon, Gota se sintió un poco más ligera. Y al día siguiente, con papel de colores y el abuelo, empezaron una cometa nueva.
Para hablar: ¿Qué te ayuda a ti cuando estás triste?
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Brasa y la torre derrumbada
Brasa había construido la torre de bloques más alta del mundo. Pero Zas pasó corriendo y… ¡catapum! La torre se vino abajo.
Brasa se puso rojo, rojísimo. Sus llamas crecieron y crecieron. Tenía ganas de gritar y de tirar todos los bloques.
Pero se acordó del truco: se alejó un poco, cerró los ojos y sopló como si apagara un volcán. Una vez, dos veces, cinco veces.
Las llamas se fueron haciendo pequeñas. Entonces se acercó a Zas.
—Me he enfadado mucho porque has tirado mi torre —le dijo.
—¡Perdona! Ha sido sin querer —contestó Zas—. ¿Te ayudo a hacer otra?
Y entre los dos construyeron una torre todavía más alta.
Para hablar: ¿Qué haces tú para que tu llama se haga pequeña?
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Tembli y el ruido de la noche
Una noche, Tembli oyó un ruido en la ventana: tic, tic, tic. Empezó a temblar como un flan.
—¿Y si es un monstruo? —susurró, y se escondió debajo de la manta.
El ruido seguía: tic, tic, tic. Tembli respiró hondo, como oliendo una flor, y llamó a su mamá.
Mamá encendió la luz y juntas miraron por la ventana. ¡Era una rama del árbol que golpeaba el cristal con el viento!
Tembli se rió. Todavía temblaba un poquito, pero ya no tanto.
—El miedo me avisa de las cosas que no entiendo —dijo—. Y cuando lo cuento, se hace más pequeño.
Para hablar: ¿Qué te da miedo a ti? ¿A quién se lo cuentas?
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Chispa y la fiesta compartida
Chispa se despertó con una noticia estupenda: ¡había nacido su primo! Estaba tan contenta que brillaba más que nunca.
Saltó, bailó y cantó por toda la casa. Quería contárselo a todo el mundo.
Pero al salir a la calle vio a Gota sentada, un poco apagada.
Chispa se acercó despacito. Le contó su noticia, y luego le preguntó: —¿Y tú cómo estás?
Gota sonrió un poquito. Chispa le propuso hacer juntas un dibujo para el bebé. Mientras pintaban, Gota se fue animando.
Chispa descubrió algo: la alegría crece cuando se comparte, pero también sabe esperar a quien está triste.
Para hablar: ¿Qué te pone muy contento? ¿Con quién lo compartes?
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Mimo y el regalo sin envolver
Era el cumpleaños de la abuela y Mimo no tenía dinero para comprarle un regalo. Estaba preocupado.
—Todos le van a regalar cosas bonitas y yo no tengo nada —le dijo a Brote.
Brote pensó un momento. —¿Qué es lo que más le gusta a tu abuela?
—Que la visite y le cuente cosas —respondió Mimo.
Así que Mimo pasó la tarde con su abuela. Le leyó un cuento, le hizo un dibujo y le dio el abrazo más largo del mundo.
La abuela tenía los ojos brillantes. —Este es el mejor regalo que me han hecho —le dijo.
Mimo entendió que el cariño no se compra: se da.
Para hablar: ¿Cómo demuestras tú que quieres a alguien?
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Brote y la comida nueva
Aquel día, en el comedor, había un plato verde que Brote no había visto nunca. Arrugó la nariz.
—¡Puaj! Eso tiene pinta de dar asco —dijo, y apartó el plato.
Su amiga Chispa le explicó que eran espinacas con un poco de queso. —A mí al principio tampoco me gustaban.
Brote lo pensó. El asco le protegía de comer cosas estropeadas, pero esta comida estaba bien.
Probó un trocito pequeñito. No era su comida favorita, pero tampoco estaba tan mal.
—Quizá la próxima vez pruebe otro poquito —dijo.
Y aprendió que a veces el asco se equivoca con las cosas nuevas.
Para hablar: ¿Hay alguna comida que antes no te gustara y ahora sí?
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Zas y la caja misteriosa
Un día apareció en la puerta de Zas una caja enorme con un lazo. Zas dio un salto y abrió muchísimo los ojos.
—¡Oooh! ¿Qué será? —exclamó.
Abrió la caja con cuidado y… ¡estaba vacía! Zas se quedó quieto, sin saber qué pensar.
Entonces vio una nota en el fondo: «Sal al jardín». Allí estaban todos sus amigos con una pancarta: «¡Bienvenido al barrio!».
Zas se había mudado hacía poco y pensaba que no conocía a nadie. Ahora tenía una pandilla entera.
—¡Esta sí que es la mejor sorpresa! —dijo, saltando de alegría.
Para hablar: ¿Cuál es la mejor sorpresa que te han dado?
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